nació en Bruselas el 26 de Agosto de 1914, de padres argentinos. Llegó a la Argentina a los cuatro años. Paso la infancia en Bánfield, se graduó como maestro de escuela e inició estudios en la Universidad de Buenos Aires, los que debió abandonar por razones económicas. Trabajó en varios pueblos del interior del país. Enseño en la Universidad de Cuyo y renunció a su cargo por desavenencias con el peronismo. En 1951 se alejó de nuestro país y desde entonces trabajó como traductor independiente de la Unesco, en París, viajando constantemente dentro y fuera de Europa. En 1938 publicó, con el seudónimo Julio Denis, el librito de sonetos ("muy mallarmeanos", dijo después el mismo) Presencia. En 1949 aparece su obra dramática Los reyes. Apenas dos anos después, en 1951, publica Bestiario: ya surge el Cortázar deslumbrante por su fantasía y su revelación de mundos nuevos que irán enriqueciéndose en su obra futura: los inolvidables tomos de relatos, los libros que desbordan toda categoría genérica (poemas-cuentos-ensayos a la vez), las grandes novelas: Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973). El refinamiento literario de Julio Cortázar, sus lecturas casi inabarcables, su incesante fervor por la causa social, hacen de él una figura de deslumbrante riqueza, constituída por pasiones a veces encontradas, pero siempre asumidas con él mismo, genuino ardor. Julio Cortazar murió en 1984 pero su paso por el mundo seguirá suscitando el fervor de quienes conocieron su vida y su obra.
Nuesto propósito es promover el nucleamiento de personas propensas para el estudio metódico y sistemático de los grandes temas nacionales, con el fin de conformar una pléyade de ciudadanos altamente preparados para servir a la comunidad nacional.
martes, 14 de junio de 2011
Nicolás Avellaneda : un republicano cabal
Supo del dolor cuando apenas tenía cuatro años y una empleada de la casa le dijo que su padre había sido degollado por los mazorqueros de Oribe. Desde entonces y hasta el fin de su vida se lo conoció como “el hijo del mártir de Metán”, la localidad donde su padre, Marco, fue ejecutado por el degollador uruguayo Mariano Maza.
Nicolás Avellaneda nació en Tucumán el 1º de octubre de 1836. Allí vivirá pocos años pero nunca olvidará su terruño.
En 1878, regresa a su tierra como presidente de la Nación. Para evitar efusiones que su modestia rechaza, se adelanta a la comitiva y se aloja en la casa de su abuelo. La noticia de que el presidente de la Nación está en la ciudad corre por todos lados y una multitud marcha para saludar al hijo pródigo. Avellaneda sale al balcón e improvisa un discurso que muchos lo repetirán de memoria durante años: “ He querido venir solo y despojado de las insignias del mando. He venido antes de las fiestas para que las pompas oficiales no sofoquen la efusión de nuestros primeros abrazos. Lo que necesito decirles no quiero que sea escuchado por extraños... Traigo fatigas después de las vicisitudes de la vida y anhelo descansar mi cabeza al abrigo de corazones seguros. ¡Los años de la ausencia han sido largos, la jornada dura! ¡Cuántas veces bajo las inquietudes de la suerte, y viendo cerrar el paso a mi intención pura y sana, me he preguntado si me sería dado un día volver con honor y con vida a la vieja casa de mis padres!... He tropezado con muchos en este camino de las ambiciones que viene tan lleno de gentes, pero nunca deserté de las reglas del deber... puedo, pues, comparecer delante de la sombra de mi padre y delante de la de ustedes que fueron los testigos de su vida y de su muerte.... ¡Miradme! Mi frente tiene pliegues prematuros, mis cabellos emblanquecen, las vigilias han devastado mi fisonomía, pero ¡miradme! Soy el mismo. Y puesto que me han reconocido, vuelvo a pedirles: denme un asiento en el hogar común... Necesito después de tantas agitaciones calentar mi alma bajo los rayos vivificantes de nuestro sol”. Por linaje materno y paterno, Avellaneda pertenecía a distinguidas familias de Tucumán. Ese privilegio nunca le interesó demasiado, y jamás se preocupó por hacerlo valer. Como los hombres rectos y lúcidos, el único privilegio que respetaba era el de la inteligencia. “Cuando oigo decir que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy siempre dispuesto a pensar bien de él”, escribe.
Por temperamento y por decisión personal, siempre estuvo a favor de las transacciones pacíficas, de los acuerdos y el diálogo. Sin embargo, los tumultos políticos del país en el que le tocó nacer lo obligaron a convivir con la violencia. Sarmiento lo reconoció como el primer presidente que llegaba a ese cargo sin saber manejar un revólver. Así fue. Avellaneda no era militar, tampoco alardeaba de valiente como Mansilla, ni tenía desplantes de guapo como Alsina. Sin embargo, en nombre de la paz debió afrontar un levantamiento armado liderado por Bartolomé Mitre. Y cuando concluía su mandato andaba armado porque en el aire de aquel Buenos Aires de 1880, en el que un policía parecía tener más autoridad que el presidente de la Nación, el olor a pólvora era insoportable.
No era violento ni posaba de guapo, pero no era cobarde. Roca, Julio Roca, el presidente que lo sucedió y que peleaba en los campos de batalla desde los catorce años, decía admirado que a Avellaneda nunca lo vio temblar, ni siquiera en momentos en los que hasta el más guapo temblaba. Cuando por instrucciones suyas el gobierno nacional se trasladó a Belgrano -para desde allí enfrentar la rebelión de la provincia de Buenos Aires-, Roca le insinuó que se refugiara en un barco. Ni lo escuchó.
Marcado desde la infancia por los signos de la violencia, fue siempre un hombre de paz. No bebía, no fumaba, no trasnochaba. “Comía poco y escuchaba mucho”, decía un amigo. En un tiempo en el que los hombres se jactaban de sus duelos y de sus vidas mundanas, él prefería quedarse en la casa con su esposa y con sus libros. Siempre fue algo retraído, distante. Los que lo conocieron recuerdan su mirada triste y su sonrisa breve y cálida.
Hablaba en voz baja, con una leve tonada cordobesa que le había quedado prendida luego de su paso por el colegio Monserrat. De aquellos años de estudiante, recordaba los momentos de felicidad. “Vivirás en la memoria, Córdoba, no por tu ciencia que se olvida, sino porque os recuerda el corazón”. No es Marcel Proust, pero como él siente la necesidad de convocar al tiempo perdido.
Tenía apenas veinte años cuando llegó a Buenos Aires. Ya para entonces era el hombre que sería hasta el día de su muerte: tenaz, discreto. Su baja estatura era tan célebre como su acerada inteligencia. Católico practicante, su primer trabajo en un estudio jurídico fue con el doctor Roque Pérez, el jefe de la poderosa masonería porteña. A los veinticinco años, ya era un abogado reconocido por la elite porteña. Ser el hijo del mártir de Metán le había abierto las puertas. Cané lo protegía, Mitre lo recomendaba y Sarmiento le confiaba el cuidado de su hijo Dominguito, al que habrá de despedir ante la tumba años después.
Los que lo trataron aseguran que si no se hubiera dedicado a la política habría sido un gran escritor. Los pocos textos que se le conocen dan cuenta de una prosa impecable. Tal vez por eso se explique que cuando Sarmiento asuma la presidencia de la Nación le solicite que escriba el discurso oficial. Sarmiento sabía lo que hacía. Avellaneda escribía muy bien y era tan minucioso con las palabras, que alguna vez le aconsejará a un escritor que jamás le perdonará que lo haya obligado a iniciar un discurso con un gerundio. Los presidentes actuales seguramente no prestan atención a esos detalles.
Más de un historiador asegura que la proeza educativa que se le atribuye a Sarmiento fue concretada por Avellaneda. El mismo, tal vez molesto porque la gloria de educar al soberano se la reconocen a un solo actor, señala en el balance de su gestión: “Bajo mi ministerio se dobló el número de colegios, se doblaron las bibliotecas populares, los grandes establecimientos científicos como el Observatorio... ésta es la página de honor de mi vida pública y la única a cuyo pie quiero consignar mi nombre”.
Decía que su presidencia se inició con los signos de la guerra civil conjurada luego en las batallas de Santa Rosa y La Verde. No concluyeron allí los contratiempos. A los dos años de estar en el poder se desata una de las crisis cíclicas del capitalismo con sus secuelas de desocupación y pobreza. Allí lanza la consiga de honrar la deuda externa sobre la sed y el hambre de los argentinos. No fue una consigna feliz, pero sin dudas fue una consigna realista y tal vez inevitable.
En 1878, muere Alsina y Roca se hace cargo del Ministerio de Guerra. Su respuesta contra el indio ya no será la célebre zanja sino la ofensiva militar. La iniciativa fue de Roca, pero estuvo avalada por la totalidad de la clase dirigente. También durante su mandato hubo que luchar contra las montoneras de López Jordán, el caudillo entrerriano acusado de asesinar a Urquiza. Avellaneda nunca aprobó esa muerte. “No puedo aceptar que el crimen confiera títulos válidos para el mando de los pueblos... En nombre de la república, desconozco al gobierno que pretende inaugurar el reinado del crimen en la provincia de Entre Ríos”.
JUAN ISIDRO QUESADA, UNO DE NUESTROS GRANDES PATRIOTAS OLVIDADOS...!!!!
Coronel Juan Isidro Quesada, de ideologia federal - Participó en Sipe Sipe, Ituzaingó , y Cepeda. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1802. Murio en Buenos Aires, ell 14 de junio 1876
Juan Isidro Quesada, militar argentino, peleo en la guerra de independencia de nuestro país y en la de Perú, en la Guerra del Brasil y en las guerras civiles argentinas. Era sobrino de los militares Juan José, Dionisio y Sixto Quesada, coroneles de la guerra de la Independencia Argentina.
En 1807, con cinco años de edad, era cadete del Regimiento de Patricios de Buenos Aires, y colaboró el la Defensa de Buenos Aires contra las invasiones inglesas.En 1811 fue tomado preso por los soldados del Motín de las Trenzas, pero éstos lo enviaron fuera del cuartel. Poco más tarde se unió al sitio de Montevideo, y en enero de 1815 fue incorporado al Ejército del Norte. Participó con el grado de teniente en la batalla de Sipe-Sipe, en la que fue herido y capturado.
Tenía 13 años, pero fue tratado como un prisionero adulto por sus carceleros; en cambio, la gente del pueblo que se cruzaba con él se compadecía de su situación y la regalaban comida y ropa. Permaneció prisionero en el Callao hasta noviembre de 1820, en que fue liberado por José de San Martín en un canje de prisioneros.
Se unió al ejército del Perú con el grado de capitán y participó en el asalto a las fortalezas del Callao. A órdenes del general Rudecindo Alvarado participó en la campaña de "Puertos Intermedios", luchando en las derrotas de Torata y Moquegua. En la retirada, el buque que los llevaba naufragó, y estuvo a punto de morir de sed en la costa desértica. Fue ayudante del general Mariano Necochea en la batalla de Junín, y peleó a órdenes de William Miller en las batallas de Matará, Huanta y Ayacucho.
De regreso a Buenos Aires, fue nombrado segundo jefe de un batallón de caballería, con el que hizo la campaña de la Guerra del Brasil; combatió en las batallas de Ituzaingó, Camacuá y Padre Filiberto; reemplazó en el mando de su regimiento al coronel Juan Esteban Pedernera.
Regresó a Buenos Aires junto con el general José María Paz, pero se mantuvo alejado de la guerra civil. Fue enviado al fuerte de Salto, donde se dedicó a la defensa contra los indígenas ranqueles. Más tarde fue edecán de los gobernadores Juan Manuel de Rosas y Juan Ramón Balcarce.
Cuando estalló la Revolución de los Restauradores, en 1833, se pronunció a favor de la misma, fue trasladado arrestado a un buque de guerra. Quesada logró sublevar a la tripulación del bote en que lo trasladaban y escapar. Se unió en Tigre a las fuerzas del coronel Rolón, y participó en los pequeños combates que anticiparon la renuncia de Balcarce.
Su nuevo destino fue al mando de un escuadrón del regimiento de campaña nro 1. Al mando de esa fuerza, en noviembre de 1836 fundó un fortín, y enseguida el fuerte de Cruz de Guerra, base del actual pueblo de Veinticinco de Mayo. Se dedicó a defender esa zona, y sus soldados, asustados por la firmeza de su disciplina, lo acusaron de abuso de autoridad; no fue castigado, y él tampoco castigó a sus acusadores. Luchó en varios encuentros con los indígenas, y en mayo de 1838 derrotó por completo al cacique Llanguelén, que se retiraba de un malón con un importante botín.
En 1839 fue ascendido a coronel. Al año siguiente formó en las fuerzas reunidas en la localidad de Santos Lugares para repeler la invasión de Juan Lavalle, y participó en el inicio de la campaña de persecución a Lavalle, cuando se retiraba hacia el interior del país.
En 1843 fue comisionado al frente de mil hombres de caballería al Uruguay, donde participó en la toma de Colonia y casi una decena de batallas, entre ellas Solís Grande, y el Cordobés . Se hizo muy amigo del general Urquiza, y el presidente Manuel Oribe le encargó el comando de toda el ala izquierda de las fuerzas del sitio de Montevideo. Comenzó entonces a escribir sus recuerdos de la guerra de Independencia.
Cuando Urquiza invadió el Uruguay para forzar el levantamiento del sitio, se retiró con muchos otros jefes porteños a Buenos Aires. Combatió en la batalla de Caseros del lado de Juan Manuel de Rosas, y fue herido de bala.
Fue edecán del gobernador Vicente López y Planes, y se opuso firmemente a la revolución unitaria de septiembre. Se unió al sitio que el general Hilario Lagos le impuso a la capital desde diciembre de 1852 hasta julio del año siguiente. Le tocó presidir el consejo de guerra que enjuició al coronel Pedro Rosas y Belgrano y lo condenó a muerte, pena que no se cumplió.
Al ser levantado el sitio se retiró a Entre Ríos, donde fue puesto al mando del regimiento Estrella, asignado a la escolta del presidente, y modelo oficial de disciplina para las demás unidades del Ejército de la Confederación Argentina.
Participó en la batalla de Cepeda y permaneció en Concepción del Uruguay, como jefe de la escolta del gobernador. Poco antes de la batalla de Pavón pidió el retiro, y emigró al Uruguay .
Regresó a Buenos Aires en agosto de 1863, y al año siguiente se le reconoció el retiro que le correspondía. En noviembre de 1868 pasó a vivir en Concepción del Uruguay, donde dedicó todo su tiempo a la escritura de sus Memorias. Escribió más de 1.500 hojas que se mantuvieron sin editar mucho tiempo, pero que aún manuscritas fueron una valiosa fuente de información para los historiadores.
Posiblemente haya regresado a Buenos Aires durante la rebelión jordanista de 1870. Falleció en Buenos Aires el 14 de junio de 1876.
domingo, 12 de junio de 2011
DOS GRANDES HOMENAJES A CARLOS GARDEL EN BAHIA BLANCA Y MAR DEL PLATA
El viernes 24 de junio la ciudad de Bahía Blanca,en Argentina le rinde un merecido homenaje a Carlos Gardel, que comenzará por la mañana con el descubrimiento de una escultura del Zorzal criollo, en la semipeatonal de la calle O´Higgins frente al centenario hotel Muñiz, sentado en un banco de plaza junto a la cual la gente pueda sentarse, ¿quién no ha querido retratarse con GARDEL?. Las personas que compartan el banco junto al “morocho del abasto” se irán a su casa con el recuerdo de su eterna sonrisa, además el proyecto contribuirá con el embellecimiento de la ciudad y su riqueza cultural y turística.
En conmemoración del 76º aniversario del pase a la inmortalidad del mítico cantor y en el año 120 de su natalicio, el evento se coronará con un espectacular show de tango en el teatro Municipal, a las 21hs con la participación del mítico ALBERTO PODESTA una gloria del tango, Cantor de Miguel Caló, Francini y Pontier y de nuestro Carlos Di Sarli, LUIS FILIPELLI “un cantor con perfume de glicinas”, GABY “La voz sensual del tango” y un espectacular elenco.Y en la ciudad de Mar Del Plata el martes 28 se le rendirá homenaje al querido Zorzal con el descubrimiento de una escultura única en uno de los puntos más transitados de la ciudad y un espectáculo de tango con el mismo elenco que encabeza Podesta en el Teatro Colón.
Se efectuará un documental sobre el evento que será emitido por la televisión local y nacional.
El Centro de Estudios de los Intereses Nacionales(CEIN) otorgara distinciones a la trayectoria a figuras emblematicas de ambas ciudades.
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