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jueves, 24 de enero de 2013

Nicolás Avellaneda (1837 - 1885)


nació en Tucumán el 3 de octubre de 1837.
El mismo día en el que cumplía cuatro años, su padre, Marco Avellaneda, fue degollado por un lugarteniente de Rosas. Su madre, Doña Dolores Silva y Zavaleta, tomó la decisión de trasladarse con su familia a Bolivia.
Ya adolescente, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Córdoba sin llegar a graduarse. De regreso a su provincia fundó el periódico el Eco del Norte y a fines de 1857 se trasladó a Buenos Aires. A poco de llegar comenzó a trabajar como periodista en El Nacional y a colaborar con El Comercio del Plata, fundado en Montevideo por Florencio Varela durante la época de Rosas.
En Buenos Aires pudo completar sus estudios de derecho e iniciarse en el ejercicio de su profesión. Conoció a Sarmiento, con quien mantuvo una estrecha amistad. El sanjuanino lo ayudó a acceder a la cátedra universitaria como destacado profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, desde donde iniciará su carrera política. En 1865 publicó una de sus obras más importantes:Estudio sobre las leyes de tierras públicas, donde examina la legislación argentina al respecto y propone, basándose en el ejemplo norteamericano, la entrega de propiedades a los verdaderos productores, abreviando trámites y eliminando obstáculos. Plantea que la distribución de la tierra garantiza el asentamiento de población estable y contribuye al aumento del caudal demográfico. "La propiedad territorial fácil y barata -decía en el Estudio- debe ser la enseña de leyes venideras, para vencer en su nombre y con su obra el desierto, cambiando el aspecto bárbaro de nuestras campañas".
Fue electo diputado de la Legislatura de Buenos Aires y al poco tiempo debió abandonar la banca para ocupar el cargo de ministro de Gobierno de la Provincia, durante la gobernación de Alsina, cuando todavía no había cumplido 29 años.
En 1868, Sarmiento fue electo presidente y designó a Nicolás Avellaneda en la cartera más importante en la estrategia del sanjuanino: el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Desde allí llevará adelante los ambiciosos proyectos educativos de Sarmiento: centenares de escuelas primarias, decenas de escuelas normales y colegios nacionales en todo el país.
En 1874, al finalizar la presidencia de Sarmiento, fue electo presidente de la República. Mitre, el candidato derrotado, denunció fraude y se levantó en armas contra el triunfo de Avellaneda. A los pocos meses fue derrotado en el combate de La Verde por las fuerzas del General Roca. Mitre fue condenado a prisión por un tribunal militar, pero fue indultado por el presidente Avellaneda quien además, como muestra de su voluntad de pacificación incorporó al Gabinete a Rufino de Elizalde y a José María Gutiérrez, dos reconocidos mitristas.
Siguiendo la consigna de Alberdi "gobernar es poblar", Avellaneda promovió en 1876 la sanción de la Ley de Inmigración conocida como Ley Avellaneda, que aparecía como una promesa interesante de tierras y trabajo para los campesinos europeos. En pocos años, duplicó el flujo inmigratorio.
Avellaneda enfrentó los efectos perdurables de la grave crisis económica que se había desatado a fines de la presidencia de Sarmiento, con medidas extremas como la disminución del presupuesto, suspensión de la convertibilidad del papel moneda a oro, la rebaja de sueldos y los despidos de empleados públicos.
Decía en 1877 "Los tenedores de bonos argentinos deben, a la verdad, reposar tranquilos. La República puede estar dividida hondamente en partidos internos; pero no tiene sino un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarían hasta sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros."
En diciembre de 1876 llegó al país el primer barco frigorífico, Le Frigorifique, equipado con dos cámaras que mantenían una temperatura de 0 grados centígrados. En 1877 llegó Le Paraguay, sus cámaras enfriaban hasta 30° bajo cero. Esto modificaba notablemente el panorama de las exportaciones argentinas e incrementaba el valor del ganado.
El periódico El Mosquito satirizaba así la llegada del frigorífico:
"Yo me quedo asombrado cuando pienso en todas las ventajas que se pueden sacar del invento del frigorífico. Las mujeres podrán construir cada una en su casa un retrete frigorífico, sea sencillo o sea adornado como un elegante tocador, y si tienen la constancia de no salir de él, sino para ir a las tiendas, recibir visitar y comer, conservarán una juventud eterna, y a los 80 parecerán mozas de 25 años. El sistema frigorífico aplicado a la política, producirá también efectos benéficos; las revoluciones serán más raras, si encierran a los autores de revoluciones en calabozos frigoríficos, porque la baja temperatura de su prisión calmará sin duda su ardor revolucionario."
La restricción de las compras al exterior como producto de la crisis, estimuló un tímido desarrollo de la industria local. En 1877 se fundó el Club Industrial, por iniciativa de Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, José Hernández y Roque Sáenz Peña. El club logró que se establecieran tarifas proteccionistas para algunos productos, fortaleciendo la industria harinera, la vitivinícola, la del vestido y otras producciones.
En ese mismo año, se produjo la primera huelga de nuestra historia protagonizada por el primer gremio organizado: la Sociedad Tipográfica Bonaerense, fundada en 1857. La huelga fue dirigida por dos inmigrantes, un francés, Gauthier, y un español, Álvarez, que traían su experiencia sindical europea. La huelga fue exitosa y logró el establecimiento de la jornada de diez horas en invierno y doce en verano, una importante conquista para la época. El periódico El Nacional, dirigido por Dalmacio Vélez Sarsfield, calificó a la huelga como "recurso vicioso, inusitado e injustificado".
El gobierno de Avellaneda, a través del ministro de Guerra, Adolfo Alsina impulsó una campaña al desierto para extender la línea de frontera hacia el Sur de la Provincia de Buenos Aires. El plan de Alsina era levantar poblados y fortines, tender líneas telegráficas y cavar un gran foso, conocido como la "zanja de Alsina", con el fin de evitar que los indios se llevaran consigo el ganado capturado. Antes de concretar su proyecto, Alsina murió. Fue reemplazado por el joven general Julio A. Roca, quien aplicará un plan de aniquilamiento de las comunidades indígenas a través de una guerra ofensiva y sistemática.
El éxito obtenido en la llamada “conquista del desierto”, llevada a cabo entre 1878 y 1879, prestigió frente a la clase dirigente la figura de Roca y significó la apropiación por parte del estado nacional de millones de hectáreas que serán distribuidas entre una minoría de familias vinculadas al poder.
Al finalizar su presidencia, Avellaneda envió al parlamento un proyecto de federalización de la ciudad de Buenos Aires, con la intención de poner fin a la histórica disputa por la residencia de las autoridades nacionales, que estaban de hecho sometidas a la autoridad y jurisdicción del gobernador de la provincia de Buenos Aires. El proyecto provocó la reacción del gobernador, Carlos Tejedor, quien se sublevó contra las autoridades nacionales en tanto se llevaban a cabo las elecciones presidenciales que dieron el triunfo a la fórmula Roca-Madero, partidarios de la federalización.
El presidente Avellaneda abandonó la ciudad e instaló el gobierno en el vecino pueblo de Belgrano. Buenos Aires fue sitiada y Tejedor, derrotado por las tropas leales a Avellaneda comandadas por Roca. Finalmente en agosto de 1880 la legislatura nacional declaró disuelta al cuerpo legislativo bonaerense y sancionó la Ley de federalización de la ciudad de Buenos Aires.
Al concluir su mandato presidencial, en 1880, Avellaneda fue electo senador por Tucumán. Desde allí proyectó y logró la sanción de la Ley Universitaria, que les garantizó la autonomía a las universidades nacionales. Poco después fue electo rector de la Universidad de Buenos Aires.
En junio de 1885, se embarcó hacia Europa junto a su esposa, Carmen Nóbrega, en busca de un tratamiento médico para la nefritis que lo afectaba. Murió en altamar, de regreso de su viaje, el 24 de noviembre de 1885, a los 48 años.

martes, 14 de junio de 2011

Nicolás Avellaneda : un republicano cabal


Supo del dolor cuando apenas tenía cuatro años y una empleada de la casa le dijo que su padre había sido degollado por los mazorqueros de Oribe. Desde entonces y hasta el fin de su vida se lo conoció como “el hijo del mártir de Metán”, la localidad donde su padre, Marco, fue ejecutado por el degollador uruguayo Mariano Maza.
Nicolás Avellaneda nació en Tucumán el 1º de octubre de 1836. Allí vivirá pocos años pero nunca olvidará su terruño.
En 1878, regresa a su tierra como presidente de la Nación. Para evitar efusiones que su modestia rechaza, se adelanta a la comitiva y se aloja en la casa de su abuelo. La noticia de que el presidente de la Nación está en la ciudad corre por todos lados y una multitud marcha para saludar al hijo pródigo. Avellaneda sale al balcón e improvisa un discurso que muchos lo repetirán de memoria durante años: “ He querido venir solo y despojado de las insignias del mando. He venido antes de las fiestas para que las pompas oficiales no sofoquen la efusión de nuestros primeros abrazos. Lo que necesito decirles no quiero que sea escuchado por extraños... Traigo fatigas después de las vicisitudes de la vida y anhelo descansar mi cabeza al abrigo de corazones seguros. ¡Los años de la ausencia han sido largos, la jornada dura! ¡Cuántas veces bajo las inquietudes de la suerte, y viendo cerrar el paso a mi intención pura y sana, me he preguntado si me sería dado un día volver con honor y con vida a la vieja casa de mis padres!... He tropezado con muchos en este camino de las ambiciones que viene tan lleno de gentes, pero nunca deserté de las reglas del deber... puedo, pues, comparecer delante de la sombra de mi padre y delante de la de ustedes que fueron los testigos de su vida y de su muerte.... ¡Miradme! Mi frente tiene pliegues prematuros, mis cabellos emblanquecen, las vigilias han devastado mi fisonomía, pero ¡miradme! Soy el mismo. Y puesto que me han reconocido, vuelvo a pedirles: denme un asiento en el hogar común... Necesito después de tantas agitaciones calentar mi alma bajo los rayos vivificantes de nuestro sol”.
Por linaje materno y paterno, Avellaneda pertenecía a distinguidas familias de Tucumán. Ese privilegio nunca le interesó demasiado, y jamás se preocupó por hacerlo valer. Como los hombres rectos y lúcidos, el único privilegio que respetaba era el de la inteligencia. “Cuando oigo decir que un hombre tiene el hábito de la lectura, estoy siempre dispuesto a pensar bien de él”, escribe.
Por temperamento y por decisión personal, siempre estuvo a favor de las transacciones pacíficas, de los acuerdos y el diálogo. Sin embargo, los tumultos políticos del país en el que le tocó nacer lo obligaron a convivir con la violencia. Sarmiento lo reconoció como el primer presidente que llegaba a ese cargo sin saber manejar un revólver. Así fue. Avellaneda no era militar, tampoco alardeaba de valiente como Mansilla, ni tenía desplantes de guapo como Alsina. Sin embargo, en nombre de la paz debió afrontar un levantamiento armado liderado por Bartolomé Mitre. Y cuando concluía su mandato andaba armado porque en el aire de aquel Buenos Aires de 1880, en el que un policía parecía tener más autoridad que el presidente de la Nación, el olor a pólvora era insoportable.
No era violento ni posaba de guapo, pero no era cobarde. Roca, Julio Roca, el presidente que lo sucedió y que peleaba en los campos de batalla desde los catorce años, decía admirado que a Avellaneda nunca lo vio temblar, ni siquiera en momentos en los que hasta el más guapo temblaba. Cuando por instrucciones suyas el gobierno nacional se trasladó a Belgrano -para desde allí enfrentar la rebelión de la provincia de Buenos Aires-, Roca le insinuó que se refugiara en un barco. Ni lo escuchó.
Marcado desde la infancia por los signos de la violencia, fue siempre un hombre de paz. No bebía, no fumaba, no trasnochaba. “Comía poco y escuchaba mucho”, decía un amigo. En un tiempo en el que los hombres se jactaban de sus duelos y de sus vidas mundanas, él prefería quedarse en la casa con su esposa y con sus libros. Siempre fue algo retraído, distante. Los que lo conocieron recuerdan su mirada triste y su sonrisa breve y cálida.
Hablaba en voz baja, con una leve tonada cordobesa que le había quedado prendida luego de su paso por el colegio Monserrat. De aquellos años de estudiante, recordaba los momentos de felicidad. “Vivirás en la memoria, Córdoba, no por tu ciencia que se olvida, sino porque os recuerda el corazón”. No es Marcel Proust, pero como él siente la necesidad de convocar al tiempo perdido.
Tenía apenas veinte años cuando llegó a Buenos Aires. Ya para entonces era el hombre que sería hasta el día de su muerte: tenaz, discreto. Su baja estatura era tan célebre como su acerada inteligencia. Católico practicante, su primer trabajo en un estudio jurídico fue con el doctor Roque Pérez, el jefe de la poderosa masonería porteña. A los veinticinco años, ya era un abogado reconocido por la elite porteña. Ser el hijo del mártir de Metán le había abierto las puertas. Cané lo protegía, Mitre lo recomendaba y Sarmiento le confiaba el cuidado de su hijo Dominguito, al que habrá de despedir ante la tumba años después.
Los que lo trataron aseguran que si no se hubiera dedicado a la política habría sido un gran escritor. Los pocos textos que se le conocen dan cuenta de una prosa impecable. Tal vez por eso se explique que cuando Sarmiento asuma la presidencia de la Nación le solicite que escriba el discurso oficial. Sarmiento sabía lo que hacía. Avellaneda escribía muy bien y era tan minucioso con las palabras, que alguna vez le aconsejará a un escritor que jamás le perdonará que lo haya obligado a iniciar un discurso con un gerundio. Los presidentes actuales seguramente no prestan atención a esos detalles.
Más de un historiador asegura que la proeza educativa que se le atribuye a Sarmiento fue concretada por Avellaneda. El mismo, tal vez molesto porque la gloria de educar al soberano se la reconocen a un solo actor, señala en el balance de su gestión: “Bajo mi ministerio se dobló el número de colegios, se doblaron las bibliotecas populares, los grandes establecimientos científicos como el Observatorio... ésta es la página de honor de mi vida pública y la única a cuyo pie quiero consignar mi nombre”.
Decía que su presidencia se inició con los signos de la guerra civil conjurada luego en las batallas de Santa Rosa y La Verde. No concluyeron allí los contratiempos. A los dos años de estar en el poder se desata una de las crisis cíclicas del capitalismo con sus secuelas de desocupación y pobreza. Allí lanza la consiga de honrar la deuda externa sobre la sed y el hambre de los argentinos. No fue una consigna feliz, pero sin dudas fue una consigna realista y tal vez inevitable.
En 1878, muere Alsina y Roca se hace cargo del Ministerio de Guerra. Su respuesta contra el indio ya no será la célebre zanja sino la ofensiva militar. La iniciativa fue de Roca, pero estuvo avalada por la totalidad de la clase dirigente. También durante su mandato hubo que luchar contra las montoneras de López Jordán, el caudillo entrerriano acusado de asesinar a Urquiza. Avellaneda nunca aprobó esa muerte. “No puedo aceptar que el crimen confiera títulos válidos para el mando de los pueblos... En nombre de la república, desconozco al gobierno que pretende inaugurar el reinado del crimen en la provincia de Entre Ríos”.